Yósik, el del viejo mercado de Vilnius (fragmento)

Yosik, el del viejo mercado de Vilnius (fragmento)
de Joseph Buloff

Un helado día de invierno, mi madre Sara recibió a una campesina que estaba en la miseria; calzaba unas rotosas botas de fieltro y venía a ofrecerle su leche. le dijo que había sido seducida por un hermoso sinvergüenza y que su hijo natural había muerto apenas a las dos semanas de nacer. Presentó sus pechos para que Sara los inspeccionara. Mi madre le tocó los pezones, probó la leche y entonces me apartó de su propio exiguo pecho – al que yo, desde hacía semanas, estaba prendido con los labios hinchados de tanto chupar inútilmente por una pizca de sustento – y me pegó a los carnosos montículos de la campesina que venía de la Rusia  Blanca.

Años más tarde, Pelga me contaría que desde el mismísimo primer día en que me tuvo junto a su pecho, comencé a portarme como un charlatán: que desde la primera chupada le hice un guiño como diciendo: ¡Esto sí!, y la acaricié bajo el mentón.

Cuando Sara, que siempre fue delicada, salió de un segundo embarazo muy debilitada, Pelga se hizo cargo de los quehaceres domésticos. Al mismo tiempo, mi madre le traspasó la mayor parte del trabajo de vigilarme, cosa que me convirtió en un niño con dos madres.

Entre esas dos madres estaba el padre, orgulloso de que su  hijo fuese “el tunante más grande del mundo, capaz de llevar temprano a la tumba no a dos sino a seis madres juntas”. Pero ahora, después de lo ocurrido en el sótano de Jan el zapatero, por primera vez sentí la necesidad del consuelo de una madre y decidí acudir a Pelga.

Mi elección se debió a que una vez vi a Pelga ordenando el baúl que guardaba bajo la cama. Advertí que tenía una estampa en colores de una mujer que sostenía en su regazo a un bebé desnudo y con un aro de oro sobre la cabeza. Esto ocurrió cuando yo salí corriendo para afrontar a las tropas japonesas y no dispuse de tiempo para prestarle atención; pero ahora el parecido entre la estampa de Pelga y las del libro de Mátzek me impresionaron con particular claridad.

A la mañana siguiente, mientras Pelga fregaba el suelo de rodillas, le pregunté:
– ¡Dime! ¿Qué sabes tú de Dios?
Tembló como si alguien le hubiese pegado.
-¿A ti qué te importa?
– ¿Es verdad que fue muerto y traicionado por los judíos?
– ¡Muérdete la lengua! – exclamó soltando el trapo húmedo y, siempre de rodillas, apoyó sobre sus labios un pulgar y dos dedos, los besó con fervor y se persignó.
-¿Qué es eso que has hecho? ¿Qué significa? – le pregunté.
-¡No te importa, vete al mercado! – gritó – ¡No te atrevas a hablar más de esto! ¡Tú tienes tu propio Dios!
– ¿Quién es mi Dios? – le pregunté intrigado por su enojo.
– ¡Yo no lo conozco! ¡Yo no sé nada de él! ¿Por qué no le preguntas a tu madre?
– Tú también eres mi madre, ¿no?
Eso era lo que le faltaba para que sus ojos azules se llenaran de lágrimas. Me acercó a ella, apretó mi cabeza contra su amplio vientre, se pasó una mano por los ojos y ya en tono más suave dijo:
– Tal vez no sepas quién es tu dios porque tienes demasiadas madres y ni siquiera un padre. Creo que tu padre tampoco sabe quién es el Dios de él. Nunca le oí mencionar el nombre de Dios. En esta maldita casa, yo misma casi me olvido de que hay un Dios en el cielo. Un muchacho tan grande como tú… ¡ya deberías saber quién es tu Dios judío!
– ¿Quién es el Dios judío? – le pregunté.
– ¿Yo qué sé? Mi Dios es Jesucristo.
Me cogí de estas palabras al vuelo:
– Bueno, entonces puedes hablarme de El.
– Ya te dije que esto no es cosa tuya. No tienes derecho de conocer, ni de hablar, ni siquiera de pensar en mi Dios.
-¿Por qué?
– Porque eres judío y debes pensar en tu propio Dios. – respondió crispada y cerrando los puños.
Que yo era judío ya no era novedad para mí. Todo lo que yo quería era que Pelga me dijese si había alguna posibilidad de que un judío subiese al cielo a jugar con los angelitos. Pero a juzgar por su rabia comprendí que mi pretensión era inoportuna y resignado le pregunté:
– ¿Tal vez puedes decirme entonces dónde vive el Dios judío?
– ¡Déjame! Ya te dije que yo no puedo hablar de tu Dios. Mañana le diré a tu abuelo que él te explique todo. Ahora vete al mercado -Y con ojos airados añadió: – ¡No te atrevas a contarle a tu abuelo ni una palabra de lo que acabamos de hablar! El viejo imbécil es capaz de echarme a mí todas las culpas. ¡Ni una palabra! ¿Me has oído? – y me empujó fuera de casa.
Me quedé parado del otro lado de la puerta sintiéndome decepcionado. Tal vez era una estupidez de mi parte arrastrar a mi familia hacia mis relaciones personales con dios.  Pero ya era una causa perdida: Pelga había dejado el piso a medio lavar y corría al encuentro de mi otra mamá. Se encerraron en el dormitorio para decidir a cuál de los abuelos le pedirían ayuda.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s