El progreso y la expansión de la vida

El progreso material de las sociedades occidentales es algo que nadie cuestiona. Sí existe, sin embargo, cierto debate cuando se plantea la discusión en términos más generales: ¿es el mundo hoy mejor de lo que nunca fue? ¿Somos unos privilegiados, o deberíamos mirar a algún antepasado con envidia? Así planteada, la cuestión se vuelve difusa y tiende a empantanarse. No es sencillo dirimir si las sociedades modernas son más igualitarias, si las personas gozamos de más libertad o, llevado al extremo, si disfrutamos de vidas más felices.

Pero, aun aceptando que el debate quizás no tiene una respuesta absoluta, creemos que no hace falta caer en un total relativismo y que puede afirmarse que el mundo ha progresado en un sentido amplio.

Pensemos en el último siglo. Sabemos que nuestra capacidad de producir riqueza se ha multiplicado. No sólo eso, también tenemos indicios poderosos de que en los últimos cien años el progreso no fue solo material y tecnológico. El progreso se produjo en casi cualquier ámbito de la vida de las personas: la educación se convirtió en universal, aumentó el respeto por las minorías, se extendieron los círculos de inclusión social, la violencia se volvió más infrecuente y disfrutamos una revolución de la salud. Este último dato es el menos contestable y más elocuente.

La transición saludable

En los últimos dos siglos la esperanza de vida en Occidente aumentó de forma asombrosa. Esta «transición saludable», como ha venido en llamarse, empezó en varios países occidentales, pero ha tenido su reflejo en todo el mundo. Para dar datos, podemos tomar el caso de Francia: hoy el 96% de las francesas vive hasta los 40 años, cuando en 1740 solo un 33% alcanzaba esa edad. En realidad, apenas la mitad de las niñas vivía para cumplir los 5 años.

Superv 1

Lo que el  gráfico refleja es una expansión asombrosa de la vida. Para visualizarlo, basta pensar que el área verde representa años-persona que no existirían de no ser por la revolución de la salud. Todo el área del gráfico representa 85.000 años-persona de vida en potencia, de los que en 1740 apenas se disfrutaba una cuarta parte, el área roja. Hoy, en cambio, se vive tres veces más y apenas renunciamos al pequeño triángulo blanco que queda arriba a la derecha.

Además, esta expansión de la vida no ha consistido en una ancianidad más larga, sino que ha venido en años de juventud: muchachos que llegan a la madurez y niños que sobreviven a la infancia y disfrutan de vidas completas. La transición de la salud ha sido básicamente un doble proceso, por un lado se redujo la mortalidad en todas las edades, a la vez que se redujo muy drásticamente la mortalidad infantil. Este segundo fenómeno se ve mejor sobre datos esperanza de vida.

Esperanza 2

Hoy la esperanza de vida es una curva decreciente. Uno nace y cada día que pasa debe esperar vivir un poco menos. Esta dinámica es algo que tenemos interiorizado. Pero no fue siempre así. En realidad no fue así durante millones de años y hasta hace apenas un siglo. Todavía en 1740 la esperanza de vida tenía forma de “U” invertida. Si un niño era capaz de sobrevivir a sus primeros años, esos años no “descontaban”, sino que de hecho su esperanza de vida aumentaba. Un recién nacido tenía unas expectativas peores que las de un niño algo mayor, un adolescente, o incluso un adulto de 20 o 30 años. Básicamente, la infancia era un peligro: un tercio de los bebes moría en su primer año.

Conclusión

Para los más escépticos cabe destacar que la transición saludable no es un fenómeno particular a ciertas sociedades, sino una tendencia global. Desde 1960 a 2010 la esperanza de vida en el mundo aumentó pasó de 52 a 70 años. Aumentó en 18 años en América Latina, en Asia y en el Pacífico, aumentó en 13 años en el África Subsahariana, la región más desfavorecida, y hasta en 26 años en Oriente Próximo y el Norte de África.

En definitiva, durante el siglo XX el mundo vivió una transformación sin precedentes: por primera vez en la historia de nuestra especie la edad más probable para morir dejó de ser la infancia y pasó a ser la ancianidad. Esto, que hoy tenemos asumido, es un característica absolutamente novedosa para una especie que tiene millones de años. Esta «transición saludable», la asombrosa reducción de la mortalidad infantil y la extensión de la vida humana, es quizás el fenómeno más trascendente de los últimos siglos. Además, como veremos en una próxima entrada, se ha producido en un contexto también inédito: en conjunción con un crecimiento económico sostenido e igualmente extraordinario que ha permitido a la humanidad escapar de la «trampa malthusiana».

A nuestro juicio, ambos son síntomas evidentes de progreso.

Fuente: Artículo escrito por Kiko Llaneras en colaboración con Jorge San Miguel.

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