La lengua absuelta

Canetti Elias - La lengua absueltaLa lengua absuelta (fragmento)
de Elias Canetti

#1957 – Relatos autobiográficos

Todos los viernes venían los gitanos. El viernes, en las casas judías se preparaba todo para el sábado. Se limpiaba la casa de arriba abajo, las muchachas búlgaras corrían de un lado para otro, en la cocina había mucha faena, nadie tenía tiempo para mí. Completamente solo, yo esperaba a los gitanos con la cara aplastada contra los cristales de la gigantesca sala de estar. Les tenía un miedo horroroso, supongo que también por lo que las muchachas me habían contado de ellos, en los largos y oscuros atardeceres que pasábamos en el diván. Estaba convencido de que los gitanos secuestraban a los niños y que ya me habían echado el ojo a mi.

Pero a pesar de este terror no hubiera dejado de contemplarlos, era espléndido el aspecto que ofrecían. El portón del patio se abría de par en par, pues necesitaban espacio. Aparecían como una tribu, un patriarca ciego se alzaba siempre en medio, el bisabuelo me decían, un hermoso anciano de cabellos blancos que caminaba, apoyado en dos nietas mayores, vestido de harapos multicolores. A su alrededor, estrechamente apiñados, había gitanos de todas las edades, muy pocos hombres, casi todos mujeres e innumerables niños, los mas pequeños en brazos de sus madres, los otros saltando pero sin alejarse demasiado del soberbio anciano, que permanecía siempre en el centro. Todo el cortejo era terriblemente denso, nunca había visto tantas personas juntas siguiendo el mismo itinerario; en esta ciudad tan llena de color la comitiva era lo más variopinto. Los harapos con que remendaban sus ropas brillaban, multicolores, pero en general el color que resaltaba más era el rojo. Muchos llevaban sacos a la espalda y a mí me costaba no imaginar que dentro tuvieran niños secuestrados.
Me parecían innumerables, aunque si ahora trato de evaluar su numero diría que no eran mas de treinta o cuarenta.
De todos modos, jamás había visto tanta gente en el patio grande, y como se movían muy lentamente a causa del anciano, el cortejo resultaba interminable. Pero no se quedaban aquí sino que, dando la vuelta a la casa, llegaban al patio de la cocina, donde yacía la leña amontonada, y allí se instalaban.

Elias Canetti 2
ELIAS CANETTI
Premio Nobel de Literatura 1981

Yo acostumbraba a esperar el momento en que hacían su aparición por el portón del patio, y no bien divisaba al anciano ciego, cruzaba corriendo la larga sala de estar y el aún mas largo corredor que comunicaba por la parte de atrás con la cocina, vociferando: “¡Zínganas! ¡Zínganas!”. Allí estaba mi madre, dando instrucciones para el menú del sábado, algunas de cuyas especialidades las preparaba ella misma. Yo ni siquiera veía a las muchachas con las que tropezaba a menudo en el camino; continuaba gritando como un enloquecido hasta que topaba con mi madre que me decía algo para tranquilizarme. Pero en lugar de quedarme con ella, me precipitaba de nuevo por el largo camino, atisbaba por la ventana el avance de los gitanos, que apenas si habían adelantado un poco, y volvía inmediatamente para notificarlo en la cocina. Anhelaba verlos, me sentía poseído por ellos, pero en cuanto los había visto me aterrorizaba la idea de que me hubieran descubierto y echaba a correr gritando de pánico. Así trascurría un buen rato, yendo de un lado para otro. Creo que esta la causa de que haya conservado tan vivo el recuerdo de la longitud de la casa entre los dos patios.

Tan pronto como alcanzaban su meta, delante de la cocina, el anciano se instalaba en el centro y los demás en torno de él, se abrían los sacos y las mujeres iban recogiendo los donativos sin pelearse. Recibían cantidad de leña, lo cual parecía satisfacerles enormemente, y también mucha comida. Se les entregaba algo de todo lo que se había preparado y jamás se les daba desperdicios. Yo me sentí aliviado al comprobar que no escondían niños en los sacos, y me paseaba entre ellos pegado a las faldas de mi madre; me examinaban cuidadosamente, pero procuraba no acercarme demasiado a aquellas mujeres que trataban de acariciarme. El anciano ciego comía lentamente de una fuente, descansaba y se tomaba su tiempo. Los demás no tocaban ningún manjar, todo desaparecía en los grandes sacos y solo los niños podían picar los dulces que se les habían obsequiado. Me maravillaba lo cariñosos que eran con sus pequeños, nada que ver con malvados secuestradores de niños. Pero esto en nada modificaba mi terror. Después de un rato, que a mí me parecía interminable, se levantaban y la comitiva volvía a dar la vuelta alrededor de la casa, y a través del patio, un poco más rápidamente que a la llegada. Desde la misma ventana los seguía con la vista hasta que desaparecían por el portón. Entonces volvía corriendo por última vez a la cocina diciendo: “¡Los gitanos se han ido!”; nuestro criado me tomaba de la mano, me llevaba hasta el portón, decía: “Ya no volverán”, y lo cerraba. El portón del patio solía permanecer abierto; pero los viernes hubiera podido entrar cualquier otro grupo de gitanos: cerrándolo, se les indicaba que su gente ya había pasado por allí, y pasaban de largo.

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