Ojo de vidrio

Ojo de vidrio

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por Emilio Baby

Los tesoneros muchachos de OleiKultura me engancharon para escribir algo sobre fotografía. Pensé que tirando la línea en el abundante río de la técnica sacaría algo, explicaría el pescado mas o menos y cumplido. Pero el espinel cayó en el arroyo de los recuerdos y saqué aquel del primer concurso. Ya tenía, después de una hernia económica, mi primera cámara réflex, una joya para aquellos tiempos, que poseía el increíble adelanto de ver exactamente lo que luego saldría en la foto, de papel, desde luego.

w_Nikon1La máquina traía un dispositivo mecánico producido por el movimiento de un espejo que al levantarse permitía el paso de la luz y de la imagen transportada que impresionaba el papel sensible del rollo previamente comprado y cargado en el aparato. El ruido que hacía ese espejo al levantarse identificaba al poseedor como fotógrafo “de vanguardia”.

Con aquel singular instrumento de legendaria precisión, que era para mí como poseer la varita mágica capaz de todos los prodigios con una omnipotencia digna de mejor causa, me inscribí en un concurso fotográfico que organizaba el club en la materia al que tributaba puntualmente mis cuotas mensuales de socio prolijo.

El evento tuvo lugar en un haras en medio de un campo, marco propicio para el asado de rigor.

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Haras “Chapadmalal” de la familia Martinez de Hoz, simbólico reducto de la oligarquia bonaerense.

Abierto el concurso, cada cual agarró para el lado que mejor le pareció para captar con las legendarias cámaras lugares, momentos, situaciones y otras cosas por el estilo que pudieran ser objeto de perpetuación y lo que es mejor, de ser posible, portadoras de belleza que impresionara al jurado. Así la cosa, cargada mi hoy reliquia sobre mi ojo, abrí de golpe una puerta de un galpón y disparé. El ruido del espejo hizo que los tres gatitos que estaban sobre fardos de pasto pusieran cara de espanto y huyeran, no sin antes ser atrapados, su imagen al menos, por mi dechado tecnológico. Una vez en el laboratorio, revelado el rollo, y analizado con la ampliadora, objeto que como otros tantos, empujado por la prepotencia del progreso, fue a parar a no se sabe bien dónde, quedó al descubierto que los tres gatitos eran cuatro, un último que aparecía a los ojos del observador después de una segunda o tercer mirada. Esa circunstancia, ampliada en blanco y negro (el color era un lujo principesco todavía) me valió un premio de orden secundario que, lógicamente, consideré una injusticia.

El primer premio se lo llevó un señor mayor (yo era -cuando me acuerdo me pongo a llorar- un joven, aún más arrogante que ahora), veterano él en esas lides fotoantropológicas, que presentó una foto donde imperaban los valores geométricos, cosa hasta hoy venerada por los fotoclubes conservadores.

Nota 1: Mi máquina era una Nikon F1. Si ponen eso en Google verán como han cambiado los tiempos. Era una de las primeras cámaras “réflex”, explicación que puede ser buscada en la misma fuente citada. Me atrevo a anticiparles que les va a resultar interesante, como lo es y en forma apasionante, todo lo relacionado con la fotografía.

Nota 2: El concurso fue en el Haras Chapadmalal, cerca de Mar del Plata. En ese lugar se encuentran enterrados los restos del gran crack internacional “Botafogo”. Leguisamo solo, nomás.

Nota 3: El jurado hizo justicia, el ganador sabía de artes visuales y por ende, de fotografía. La foto ganadora la realizó con una máquina que ya era antigua entonces. No les dice nada eso?

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