Descansar de uno mismo

descansar-de-uno-mismo“Ya no llores, Verano! En aquel surco
Muere una rosa que renace mucho”
(César Vallejo, “Verano”)

Las sensaciones que las personas experimentamos a la hora de volver de las vacaciones pueden variar desde la satisfacción por el viaje o la diversión, hasta la depresión, la impotencia o el fastidio. Volver no es algo sin consecuencias. En muchos casos se trata de un dramático encuentro entre lo mismo y lo nuevo, aspectos quizás escindidos ya desde el momento en que hacemos las valijas antes de partir.

A los exclusivos fines de este breve desarrollo, podríamos esbozar entonces una divisoria de aguas entre dos posiciones: hacer de los días de descanso una oportunidad para revisar mandatos o imperativos y otra más enfocada en evadir responsabilidades, cargas y obligaciones. La búsqueda de satisfacción inmediata que distingue a la actual subjetividad hace de esta última alternativa –vaya paradoja– casi una opción obligada. Tanto es así que en una reciente entrevista Eric Laurent hablaba del “cansancio de uno mismo” para caracterizar este empuje que desprecia la novedad a expensas de una satisfacción ya conocida de antemano.

No es un problema moral. Es probable que todos participemos en alguna medida de ambas vertientes. Somos sujetos divididos, a fin de cuentas. El tema es el peso que una y otra expectativa guarda a la hora de escuchar el fatídico despertador. Se trata entonces de una cuestión ética: la manera en que cada persona resuelve el conflicto entre lo mismo y lo nuevo. O si se quiere: la singular componenda entre corte y continuidad con que cada sujeto baraja la carta de la novedad en el mazo de los días.

En su texto Diferencia y repetición (Buenos Aires, Amorrortu Editores, 2002), Gilles Deleuze brinda matices inesperados sobre la cuestión cuando expresa que “no es casual que un poema deba ser aprendido de memoria. La cabeza es el órgano de los intercambios, pero el corazón, el órgano amoroso de la repetición (en francés, “de memoria” se dice par coeur; coeur es “corazón”). Es cierto que la repetición le concierne también a la cabeza, pero precisamente por ser su terror o paradoja”.

Esto significa que, más allá del impacto que la vuelta al trabajo, el estudio o la rutina traigan consigo, descansar también supone abordar los mismos problemas con una nueva mirada (“hacer de la repetición como tal una novedad”, dice Deleuze). En definitiva, descansar la cabeza es descansar de uno mismo.

Aquí es donde vale prestar atención. Es que, en sí misma, la mera evasión no supone cambio alguno. Es como intentar escaparse de la propia sombra. No hay corte ni escansión cuando la compulsión nos gobierna el alma. Por más lejos que viajemos o gente que frecuentemos, los problemas siempre estarán allí. Por eso al volver de las vacaciones es bueno preguntarse de dónde volvemos. Preguntarnos si hemos permanecido en el mismo lugar subjetivo, preguntarse qué está pasando. Con el corazón.

* Fuente: Página 12, por Sergio Sabalza, Psicoanalista del  Hospital Alvarez, Buenos Aires, Argentina.

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